Su obra está influída por el tubismo de Léger, el cubismo sintético y la pintura del quattrocento italiano, aunque de su maestro Lohte aprendió a componer según el principio de la rima plástica.
No obstante su formación rusa, se sentía polaca; rehuyó toda la vida lo ruso por haber sufrido en carne propia a manos de los bolcheviques. De madre y abuela aprendió el amor al arte. Se casó dos veces --de su primer marido Tadeusz Lempicki, el padre de su única hija ya fallecida, tomaría el nombre profesional-- y tuvo una hija que más adelante redactó sus memorias.
El éxito de su carrera se dio en la Europa de entreguerras, trabajaba incesantemente y llevó una vida social muy activa, cuestión que paradójicamente ocasinó que el mundo culto y bohemio en el que se movía, le demostrara cierta desconfianza: esta ambigüedad que la mantenía como una bohemia-aristócrata la definió toda su vida.
Hizo de su vida un relato espectacular, hecho que ha motivado que quienes intentan biografiarla, tengan que sortear los productos de su febril imaginación. Laura Claridge, a quien le debemos el trabajo más completo sobre la fascinante mujer, ha rescatado del olvido a esta notable pintora, cuya obra rebazó los dos millones de dólares en la década de los ochenta.
Su pintura, caracterizada por la geometrización de la figura, los primeros planos agobiantes y el manejo del erotismo sin trabas, es magnífica y puntualmente analizada por la autora, quien tiene en su haber otras publicaciones sobre arte, literatura y psicoanálisis.
El Museo Brady de Cuernavaca cuenta con dos piezas de Lempicka, una pintora que se ganó un lugar imborrable en la historia del arte occidental.